PUYAZOS

A partir de 1947, el mes de agosto se grabó en alto relieve en las amplias fojas de la madre tauromaquia mundial y se colgó en su parte alta el título de Manolete.
De este personaje se ha escrito mucho, demasiado, libros enteros, artículos, crónicas, biografías, ensayos, etcétera, sin embargo da la impresión que aún con los galones de tinta y las toneladas de papel dedicados a su ceremoniosa figura, cada vez es más misterioso; mucho de su perfil queda todavía envuelto y amparado en la neblina de su personalidad impactante, su conmovedora soledad y su inflexible determinación por practicar la tauromaquia en su estado más puro, a los aranceles que fuera.
Se discute en nuestros días la causa “verdadera” de su defunción aquella madrugada del 29 de agosto del ya acotado 1947. Que si la cornada de “Islero”, el fatal miureño, que si la plasma noruega en mal estado que se le aplicó, que si era mortal la cornada, que si el trayecto del escenario a la enfermería del coso de Linares fue muy largo, que si su físico estaba mermado, que si su destino… consecuencias de consecuencias se entrelazan caprichosamente en un vaivén para dar el mismo resultado, su torero deceso y con él el portazo franco al mayor mito del toreo español.
La parte central que desencadenó el clavario y muerte, de cualquier modo, fue la cornamenta del bovino criado en los sevillanos pastos de Miura del que se dijo estaba “afeitado”, pues “sospechosamente” la testa de éste desapareció como en acto de magia en el patio de los carniceros. Apenas alguna gráfica, congelada por el egregio fotógrafo “Canito”, se tiene de los despojos del animal.
La deshonesta práctica de cortar los diamantes a las reses que el IV Califa del toreo cordobés lidiaba, fue responsabilidad, según historiadores, de su apoderado, el matador de toros en el retiro José Flores Camará, quien fuera calificado por más de algún cronista como “torero menos que mediano”. Claro, el monstruo de Córdoba, ignorante y muy ajeno a la ventajosa práctica, todas las tardes se arrimaba y era una verdadera mina de oro… había que “cuidarlo”.

Manolete, incuestionablemente, fue uno de esos seres que fue elegido para que en la actividad que desempeñara en el planeta fuera genio; y genios en el toreo a habido muy pocos… acaso él, y antes de él Juan Belmonte, según apreciación personal.
A su efigie mística se agregaba otro concepto del toreo; quizás otras formas, nuevo planteamiento y otros terrenos, pero seguramente un aguante trágico, imposible y no criticado como en su momento fue el del “Pasmo de Triana”.
Siempre con la plomada perfecta –poco o nada era dado a doblarse con los adversarios-, y más aparentando a un monje en un ritual que a un torero, citaba con la sarga ligeramente retrasada dando a las suertes una sensación de riesgo y drama que generaba a los espectadores emociones dramáticas únicas, mismas que conforme iba solucionándose el muletazo se convertían en la alegría que produce la estética de la tauromaquia práctica.
De la tragedia al triunfo, de la sombra a la luz, del infierno a la gloria, del ocaso al amanecer, eso es el toreo.

Manolete, incluso por encima del extrapopular Manuel Benítez Pérez “El Cordobés”, ha sido el torero que más lejos dejó las fronteras estrictamente taurinas, dando identificación y referencia universal a la fiesta brava.
De la presente cuartilla salga un sentido recuerdo a este impresionante arlequín de seda y oro, ahora que se cumplió también un siglo de su natalicio -4 de julio de 1917-.