PUYAZOS

La noticia que ganó planas y titulares de los múltiples medios informativos la semana anterior, fue el retiro de Morante de la Puebla, quien para ello blandió absurdos, ridículos e inadmisibles argumentos: “se hartó de los veterinarios y de los jueces”… Seguramente se refirió a los españoles, pues de los mexicanos no podrá nunca quejarse, toda suerte que las autoridades y sus derivados le complacieron y le licenciaron para que estoqueara bóvidos sin trapío y descastados, siendo sus preferidos los “agradables teofilitos”.

Jerónimo, el poblano, si, el torero mexicano, uno más de los desairados, en su momento, marginados y desaprovechados por el soberbio y poderoso sistema taurino nacional, ahí está nuevamente los nimbos, a pesar de la densidad atmosférica y sofocante por la que hubo de atravesar, con la ilusión de seguir practicando su tauromaquia arcana, ahora más asolerada.
La más reciente muestra de su expresión artística la ofreció el pasado 13 del presente en Tezuitlán, de la Puebla heroica. Un rumiante sin trapío, de leve planta general y mal armado con cuernos pequeños, denigra a la fiesta y achica a quien lo torea; ciertamente el primer antagónico de Jerónimo fue de indignante presencia. No obstante ante el segundo de su lote, un cuadrúpedo más hecho, reeditó sus diligencias profundas.

Es como es Aguilar, “simplemente” heredero de la Madre Tauromaquia Mexicana por conducto de su tío, el torero campero y charro Jorge Aguilar “El Ranchero”.
Capa y muleta son avíos que ondula con mucho chiste; hace lo mismo que todos: suertes de unas y otras, pero les da una forma y firma distintas. Pocos se han enterado de ello… menos les cabrá en la mente que es un espada de tan alto nivel plástico y artístico como Morante, aunque con otro sello, hasta quizás de mayor misterio que el de la Puebla del Río, lo que le otorga mayor valor a su tauromaquia.
Sin afectaciones, con sensibilidad y consciente de lo que es un escenario redondo y arenoso, despliega sus telas y les imprime aires de otros tiempos.
Sin embargo ya veremos, en lo que resta del año, y de la vida taurina en México, si el sistema que administra el espectáculo es capaz de dejar de preocuparse por el retiro de Morante y se ocupa en motivar a Jerónimo y otros diestros con talento, para con encierros con edad y trapío, y provenientes de ganaderías que garanticen emoción a través de la casta, impulsar la formación de carteles variados, atractivos y en los que la emoción sea el mayor atractivo que reflejen la venta de boletos en los estanquillos de las plazas.

Algo del síndrome que agobia a la fiesta mexicana se proyectó el pasado 17 del mes que transcurre en el coso de Málaga, en cuyo redondel Enrique Ponce hizo enloquecer a prensa y público con una faena en la que, como es ya su cartabón, abusó de la estética dando como resultado una faena chulista y amanerada, llena de estilo y educación pero carente del drama que debe tener la fiesta brava; ello ante un toro – “a despecho de los becerros que se ha hartado de lidiar en México- para el que se ordenó el indulto, y que por supuesto muy lejos estuvo de merecerlo. Fue un animal noblón, que pasó y pasó con borreguna actitud detrás de las telas del divo de Chiva, quien, aprovechando la nula casta y poco peligro del adversario, hasta la “poncina” hizo con la capa al final del trasteo muleteril. “Ya no había reglamentos que pudieran sujetar los sentimientos”, dijo un adulón cronista.