PUYAZOS

Torrecilla, sí, la primera dehesa desgajada en modo directo de la célebre explotación de lidia de San Mateo. Ahí, amparada por la faja montañosa zacatecana, en el rancho El Sauz, matriculado en el municipio de Saín Alto, de cuyos potreros salieron encierros diamantinos, como aquel de la presentación en México del Monstruo Cordobés el 9 de diciembre de 1945 en el Toreo de la Condesa, compuesto por seis finos bureles que, dada su bravura y nobleza, propiciaron el éxito de la tarde. Este episodio, solamente por mencionar el que más rápido llega en la rambla del recuerdo.
Si bien, el casco de la finca torrecillense no tiene la majestuosidad de las haciendas jaliscienses, de cualquier manera su arquitectura no desmerece y además exhala romanticismo, historia –la fundó Julián Llaguno en 1932-, nostalgia y una taurinidad contagiosa e irresistible.

El egregio criador de lidia Mariano Ramírez, lamentablemente ya desaparecido, sentenció punzante y certeramente: “Para ser ganadero de lidia se necesitan dos cosas… mucha afición y mucho dinero”. Yo agregaría, tener honor, amor desmedido por el toro entero, con edad y trapío, escrúpulos y ética, como una forma de proyectar en catarata la afición.
Ambas cosas, de las dichas por Ramírez, tiene el señor Luis Bonilla, quien por medio del contrato de compra-venta, hace algunos años, adquirió la legendaria Torrecilla y a ella endosó sin requisitos todo su ser pues la recibió prácticamente devastada, muerta; despojos eran, extensión de un doliente abandono. Es un ranchero empedernido Luis Bonilla que bien puede pasarse calificando el desempeño de sus productos en el tentadero, desde que el sol sale hasta que se pone –me consta-. Con entusiasmo irresistible se dio a remodelar, remozar y reconstruir prácticamente todo el casco de la vieja hacienda. Recalzó cimientos, levantó paredes, rehabilitó el tentadero, pintó muros y rehízo todos los potreros con postes y alambre nuevo. Un millón de aquellos clavó en los toscos suelos de sus propiedades, e izó imponentes embarcaderos… Como igualmente es aficionado a las aves de riña de navaja y a los caballos charros, adquirió líneas americanas de una especie y otra. Por lo que al ganado bravo sea visto, importó vaquillas y sementales españoles del encaste de Santacoloma.

Pero el hombre, lógicamente, ya se está cansando, si no es que ya se cansó enteramente. El aún ganadero ha bosquejado que quizás venda la dehesa o simplemente le de otro giro. La razón, ya se hartó de que el ofrecimiento de las empresas para el público sea por demás modesto y se resuma en siete u ocho divisas de colores desteñidos y, lo más grave, productoras de bóvidos de mansedumbre sólida para complacencia de los que figuran, pero nunca orientados hacia la clientela que cada vez se retira más del espectáculo taurino.
El ganado quemado con la efigie de la ganadería de su propiedad, nunca se ve en las plazas del monopolio empresarial y difícilmente se anuncia en otros cosos que se perdieron de la mano de Dios.
La mafia que hay en los toros, es insuperable, acabó por decir el criador.